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La Ilusión de la Precisión

La última semana de enero registró una de las caídas relativas más acusadas de los valores de software de los últimos años. Una serie de publicaciones de resultados desencadenó una venta masiva generalizada. Al cierre de la semana, las acciones de software y servicios acumulaban descensos del 7,1 % en Estados Unidos y del 11,8 % en Europa, lo que sitúa este episodio entre los peores comportamientos relativos del sector desde 2020. El movimiento fue ampliamente descrito como un nuevo ajuste de cuentas con la IA, ya que las preocupaciones sobre la presión en los márgenes, la disrupción competitiva e incluso la viabilidad a largo plazo reaparecieron con fuerza.

Sin embargo, aunque esta explicación ha cobrado cierto impulso, y sin duda será objeto de debate en el futuro (ya que ha evolucionado hacia una cuestión más amplia sobre la viabilidad del Software como Servicio como modelo de negocio), resulta incómoda como detonante inmediato. Cabe destacar que los catalizadores no fueron el lanzamiento de plugins por parte de Anthropic ni rupturas estructurales en la demanda o la rentabilidad, sino desviaciones modestas respecto a las previsiones o a expectativas de crecimiento acelerado que finalmente no se materializaron. El mercado ha puesto el punto de mira en determinadas métricas y ha sometido a las empresas a una enorme presión para cumplirlas, interpretando cualquier incumplimiento como prueba de una posible disrupción derivada de la IA.

El problema es que estas métricas son previsiones, y el desafío no radica únicamente en que prever sea difícil, sino en que la arquitectura que rodea la información financiera y las guías crea una falsa sensación de precisión. A las empresas se les exigen objetivos que implican un grado de control y de capacidad de anticipación que ni la dirección ni los sistemas contables pueden ofrecer de manera realista.

Las compañías de software están especialmente expuestas. Cotizan a múltiplos más elevados, dependen de productos intangibles y basados en contratos, agrupan servicios y ejercen un margen significativo de juicio en el reconocimiento de ingresos y la capitalización de costes. Como consecuencia, tanto los resultados publicados como las previsiones futuras son inusualmente sensibles a las hipótesis subyacentes.

Se genera entonces un círculo de retroalimentación en el que las estimaciones de la dirección se emiten como guía, esa guía se interpreta como un compromiso firme y la credibilidad del equipo gestor pasa a depender del cumplimiento de dicho compromiso.1 El resultado es un sistema que recompensa la precisión numérica por encima de la resiliencia económica. En entornos estables, esta distinción es fácil de ignorar; pero cuando las condiciones cambian, el coste de esa confusión se hace visible de forma abrupta y simultánea.

Blanqueo de información

La brecha entre las cifras publicadas y la realidad económica es a la vez una característica inherente y un defecto del sistema. No es ni factible ni deseable evaluar un negocio examinando cada transacción y cada decisión operativa. Los estados financieros existen para comprimir la realidad: para transformar una actividad frecuente y ruidosa en un formato que pueda analizarse. La contabilidad por devengo, en particular, suaviza la volatilidad de la caja con el fin de reflejar la actividad económica subyacente con mayor precisión que los simples movimientos de efectivo.

El coste de esta compresión es que los resultados reportados, como los ingresos, los beneficios o los márgenes, no son hechos inmutables, sino estimaciones construidas sobre múltiples capas de supuestos. Cada capa mejora la legibilidad y la comparabilidad, al tiempo que filtra detalles. El resultado es una señal más limpia, pero que incorpora una cantidad significativa de juicio implícito. Al tratar esa señal como si fuera lo único relevante, los mercados suelen pasar por alto la información contenida en el ruido descartado, que con frecuencia encierra indicios importantes sobre el riesgo subyacente del negocio.

La cruda realidad del software

Las empresas de software se sitúan en el extremo más acusado de esta abstracción. Las normas de reconocimiento de ingresos, por ejemplo, imponen un marco común para contabilizar los ingresos derivados de contratos con clientes. El coste de esta estandarización es la discrecionalidad. La dirección debe determinar cuándo se ha satisfecho una «obligación de desempeño» y cuándo se ha transferido el «control». Estos juicios son relativamente sencillos en transacciones simples, pero se vuelven altamente inciertos en contratos de software complejos y empaquetados.

Por ejemplo, agrupar servicios de implementación con el acceso por suscripción puede permitir reconocer ingresos de forma anticipada, al sostener que el valor se transfiere en el momento en que se concede el acceso. Estos juicios son plenamente conformes con las normas contables; sin embargo, pueden alterar de manera significativa los resultados reportados. La incertidumbre no desaparece; simplemente se incorpora a las cuentas.

La misma dinámica se aplica a la capitalización. Los costes de desarrollo de software pueden capitalizarse una vez que se alcanza la «viabilidad tecnológica», pero la propia viabilidad es un juicio de la dirección. Rebajar ese umbral o reclasificar la investigación como desarrollo difiere el reconocimiento del gasto y suaviza los beneficios reportados, otorgando una apariencia de estabilidad. Todo ello pese a que no tiene efecto alguno sobre la realidad económica subyacente.

Precisión ≠ exactitud

Esto nos devuelve a la caída de SAP y a lo que ocurre cuando se confunde la precisión con la exactitud. Junto con unos resultados correspondientes al último trimestre de 2025 que, en líneas generales, estuvieron en línea con las expectativas, SAP informó de un crecimiento del current cloud backlog (CCB) del 25 % en moneda constante, frente al 26 % que esperaba el mercado. Ese desfase de un solo punto porcentual desencadenó la mayor caída en una sola sesión desde la importante revisión de previsiones de octubre de 2020, con el valor cerrando con un descenso del -16 %.

La reacción del mercado implicaba una desaceleración de los fundamentales subyacentes. La realidad fue casi la contraria. La dirección atribuyó el resultado a tres factores. En primer lugar, una mayor proporción de grandes contratos, que estructuralmente concentran más ingresos en la parte final del periodo. Esto reflejaba el creciente éxito de SAP en el cierre de acuerdos superiores a 5 millones de euros, un ámbito que anteriormente había suscitado preocupación entre los analistas.

En segundo lugar, un aumento de los contratos de nube soberana, que son más complejos y requieren más tiempo de implementación que los contratos estándar de nube pública. En tercer lugar, una mayor proporción de contratos gubernamentales firmados en el trimestre incluía cláusulas de «terminación por conveniencia», que permiten a los clientes cancelar unilateralmente, incluso sin que medie incumplimiento.2

La desviación obedecía a normas contables más que a una demanda débil, a un aumento de la competencia o a una ejecución deficiente. También puso de manifiesto cómo la narrativa en torno a la IA ha privado a los líderes de categoría del beneficio de la duda. Lo que parecía un incumplimiento frente a un objetivo preciso era, en realidad, consecuencia de la combinación de contratos y de las normas contables aplicables.

La ironía es evidente. Un mayor éxito en la consecución de contratos más grandes, complejos y estratégicos redujo una métrica contable a corto plazo y fue interpretado como prueba de un deterioro de los fundamentales. Precisión: uno. Exactitud: cero.

Mida lo que importa

El propósito de este análisis no es sostener que la predictibilidad sea una ilusión, sino demostrar que gran parte de lo que se presenta como predictibilidad es un subproducto de la arquitectura contable, y no una ley inmutable de la física empresarial. La «línea suave» que tanto valoran los mercados suele ser un resultado gestionado. Puede actuar como un indicador rezagado de estabilidad pasada, pero no necesariamente como una guía fiable de los resultados futuros. Esta distinción es importante porque separa la confianza ganada de la certeza inferida.

En primer lugar, la guía de la dirección no es una forma de clarividencia privilegiada; la precisión en las previsiones no debe confundirse con el control sobre los resultados.

En segundo lugar, gran parte de la aparente predictibilidad se fabrica internamente para permitir que una realidad compleja se transforme en resultados reportados estables. La volatilidad se reempaqueta en lugar de reducirse y, cuando los mercados recompensan el resultado sin analizar el mecanismo, confunden la disciplina contable con la resiliencia empresarial.

Por último, cuando las condiciones se deterioran, la exactitud es menos valiosa que la capacidad de adaptación. En entornos estables, las previsiones precisas son útiles. En entornos inestables, se convierten en un lastre. La cuestión relevante no es si los beneficios alcanzan un objetivo concreto, sino si el negocio puede absorber el hecho de no alcanzarlo. Someter a prueba los márgenes, la liquidez, el comportamiento de los clientes y la intensidad de capital revela mucho más sobre la solidez que mejoras marginales en la precisión de los beneficios. Comprender los verdaderos motores del negocio será mucho más útil que exigir a la dirección el cumplimiento de una guía ya desfasada.

En un mundo de shocks no lineales y rápidos cambios tecnológicos, el atributo más valioso que puede tener una empresa no es una trayectoria predecible de beneficios, sino la capacidad de resistir cuando las cosas salen mal. Los beneficios predecibles son una consecuencia de la resiliencia, no su origen. Para los inversores, la tarea no consiste en castigar la imprecisión, sino en identificar compañías cuyos fundamentales se mantengan sólidos cuando la suavidad contable cede ante la realidad del negocio.


1Esta reflexividad genera una falsa sensación de seguridad al dar a entender que la dirección tiene un mayor control sobre las cifras del que realmente posee, y el simple hecho de que se trate de meras estimaciones ponderadas por numerosos supuestos se pierde literalmente en la traducción cuando la guía completa el viaje de ida y vuelta y regresa a la dirección convertida en estimaciones del consenso del mercado.

2El CCB recoge únicamente los ingresos en la nube que están contractualmente comprometidos y cuya contabilización se espera (conforme a las políticas contables conservadoras de SAP y a las normas IFRS) dentro de los próximos doce meses. Los contratos que incluyen cláusulas de «terminación por conveniencia» reducen el umbral técnico para su reconocimiento, con independencia de la probabilidad económica real de cancelación. Como consecuencia, SAP no pudo incluir estos acuerdos en el crecimiento reportado del CCB, pese a que no se produjo ningún deterioro en la realidad comercial. De hecho, las contrataciones del sector público superaron los planes internos.


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